Biología marina, acuarios y educación


A estas alturas de mi vida, aun me asombra comprobar cómo un pueblo como el de la costa gallega, tan enraizado y, a la vez, tan dependiente del mar, puede llegar a ser tan ignorante de las características del medio marino y de la rica y variada vida que atesora.

No soy, ni mucho menos, un especialista en el tema, pero el mar me ha fascinado desde muy pequeño, y he dedicado muchas horas de mi vida a estudiarlo.

Hace ya unos cuantos años, y un poco por casualidad, di en la afición de los acuarios. Empecé, como casi todo el mundo, por unos cuantos peces tropicales de agua dulce. Se me morían continuamente y no había forma de que aquel invento funcionase de forma normal.

Empecé a investigar a fondo el porqué y el cómo de los acuarios.

Pasó el tiempo y, en la época en que mi mujer y yo que estudiamos cultivos marinos, se nos ocurrió empezar a poner en práctica algunas de las ideas que aprendiamos en clase.

Una cubeta, un poco de agua de mar y unos cuantos bichos recogidos en las pozas de la playa de Lorbé.

Así empezó nuetra curiosa relación con los acuarios marinos.

Hace más de 15 años de todo esto.

De la cubeta con media docena de camarones y tras numerosas peripecias, llegamos a un modesto acuario marino de 200 litros y, desde hace varios años, intentamos mantener en él una mala imitación de lo que en mi casa hemos dado en llamar, no sin cierto recochineo por parte de mi familia, un "ecosistema de charca intermareal atlántica".

Pero todo este rollo no pretende ser más que una breve introducción a la parte del asunto que yo considero más sustanciosa e interesante.

Mis 3 hijas, la mayor tiene ahora 21 años, se han ido turnando a medida que crecían, en acompañarme durante mis largas excursiones playeras en las horas de mareas bajas.

Ninguna de ellas es actualmente "bióloga marina" ni nada parecido, pero, todas tienen unos conocimientos asombrosos de biología marina.

La curiosidad infantil es insaciable.

Durante horas, durante años, me han martilleado la cabeza con miles de preguntas sobre lo que veían cuando recorriamos las rocas en busca de "bichos" y algas para nuestros acuarios, sobre lo que observaban en casa, en directo dentro de nuestros acuarios marinos.

Esto ha tenido dos importantes consecuencias: sus constantes preguntas me han obligado a aprender cada vez más para poder satisfacer su curiosidad y ellas, poco a poco, y casi sin enterarse, han ido adquiriendo una ingente cantidad de conocimientos sobre el medio marino.

Estas y otras muchas elucubraciones similares son las que me han llevado a la conclusión de que el planteamiento que hace años hice de lo que quería que fuese mi acuario marino no estaba del todo equivocado.

Mis hijas y yo hemos pasado juntos muchas horas gateando por los arenales y rocas de las playas gallegas, sobre todo por las cercanas a la ciudad de La Coruña. Hemos pasado juntos muchas horas rebuscando en libros, revistas, en Internet, información sobre la vida de los animales marinos y de las algas. Hemos pasado juntos muchas horas intentando que nuestros acuarios pudiesen acoger, en las mejores condiciones posible, a los seres vivos que secuestrábamos en las playas para traernos a nuestra casa. Hemos pasado juntos horas y horas mirando a través de las paredes de cristal de nuestro pequeño mundo acuático, observando como se desenvolvían nuestros huéspedes, cómo vivían y se desarrollaban, cómo competían por el escaso territorio y por la comida.

Una enciclopedia viva delante de nuestros propios ojos.

Pero hay otro detalle que no debe escapar a nuestra reflexión. Mientras todo esto sucedía, ellas también se daban cuenta de que la vida de los seres marinos es importante y merece un inmenso respeto. Y veían que mantener "su casa" en condiciones requiere una gran dosis de conocimientos específicos: sobre la vida de esos propios seres y sobre las condiciones y el ambiente en que viven en su mundo real.

Hay que estudiar, y mucho, para conseguir que esos "seres secuestrados" puedan seguir viviendo en el acuario en las mejores condiciones posibles, en las condiciones más parecidas a las que realmente necesitan.

Las condiciones del medio físico artificial, la calidad del agua, la alimentación … muchas cosas a tener en cuenta para perfeccionar lo más posible las condiciones que el acuario marino ha de presentar para ser un sistema cerrado ideal para la vida.

La muerte de un simple pez puede parecer algo sin importancia, pero debe considerarse un fracaso personal si ha sido como consecuencia de unas malas condiciones vitales de ese "ecosistema artificial" al que le hemos condenado sin su "consentimiento".

Los niños son particularmente sensibles a este tipo de detalles y los captan con rapidez. Sólo hay que empujarlos un poco para que se responsabilicen y asuman la parte que a ellos, como hipotéticos cuidadores, les corresponde en la supervivencia de los habitantes del acuario.

Y todo esto, sin ningún género de duda, es educación.

Estamos convencido de que un acuario, además de ser un "adorno fascinante" capaz de dejar con la boca abierta a nuestras visitas, es una herramienta increiblemente potente para que nuestros hijos aprendan sobre la vida que allí dentro se desarrolla, que, en esencia, es el compendio de la que se desarrolla allí fuera, en el mar real.

Claro está que para todo esto, mantener un acuario implica un cierto esfuerzo personal, y tiene que ser algo más que ir a comprar "repuestos" a la tienda de animales de la esquina. Pero, a cambio, también estamos convencido de que el esfuerzo vale la pena.

La Coruña, Julio-2002
danival.org